El té como espacio de bienestar
En esta época del año el cansancio suele hacerse más visible, se acumulan los meses, los pendientes, las expectativas y esa sensación difusa de que todo va rápido. El cuerpo lo siente y la mente también.
Cuando hablo de bienestar no me refiero a grandes cambios ni a rutinas perfectas. Se trata de pequeños espacios que nos ayudan a regularnos en el día a día. Acciones posibles y sostenibles en el tiempo, que no suman exigencia sino que la bajan un poco.
Para mí, el té es uno de esos espacios. Preparar una infusión crea una pausa aunque sea breve -unos 5 minutos- y esa pausa tiene algo importante: propone una secuencia que puede ayudarte a calmarte de manera consciente:
– Elegir el té
– Calentar el agua
– Preparar la taza o la tetera
– Colocar las hebras en el infusor
– Agregar el agua
– Esperar
Estos pequeños pasos cambian tu ritmo y crean un pequeño ritual. El cuerpo entra en otro ritmo casi sin darse cuenta.
Luego viene la magia, despertar las hebras, ver cómo van cambiando de forma, sentir los aromas y percibir cómo va el agua va transformándose en el licor del té. Abrazar la taza con las manos y sentir ese calorcito, es darte cuenta de que esa pausa se convierte en disfrute.
A diferencia de muchos espacios del día —especialmente en el trabajo o el estudio— este momento no pide rendimiento, ni resultados, ni productividad. No espera nada a cambio.
Muchas veces buscamos bienestar sumando más cosas: más actividades, más técnicas, más exigencia. Y sin embargo, regularnos también puede ser aprender a bajar el ritmo y a escuchar cómo estamos antes de seguir.
El té es un espacio que podemos usar para respirar, ordenar ideas, estar en silencio.
El bienestar también se construye en lo cotidiano, taza a taza.
